🐉 La Semilla del Dragón

Altozano no figuraba en los mapas estelares. No estaba en Namek ni sostenía la torre de Karin; era apenas una barriada humilde de una ciudad española, con parques de tierra y televisores que chisporroteaban al caer la tarde. Y, sin embargo, en sus salones sucedió un prodigio: la llegada de Dragon Ball como un cometa doméstico que atravesó antenas y azoteas.

Nunca supe explicar por qué aquella fuerza universal me eligió con la naturalidad de quien reconoce su casa. Tal vez fue la fraternidad indestructible entre Son Goku y Krilin, esa ética del esfuerzo que convertía la torpeza en destino. Quizá fue el atrevimiento risueño de Bulma y sus baños censurados de jabón, la promesa traviesa de un mundo donde la curiosidad era motor y brújula. O la arquitectura onírica de sus paisajes, dibujados con la sencillez luminosa del lápiz de Akira Toriyama, que hacía del horizonte una invitación y del desierto una aventura.

Solo sé que, desde aquel primer capítulo, mis tardes dejaron de pertenecer al barrio y empezaron a orbitar en otra gravedad. Altozano seguía siendo Altozano, sí; pero cada esquina guardaba la posibilidad de una esfera del dragón. Esta es la historia de cómo un niño aprendió que la imaginación también es una forma de entrenamiento y que, a veces, el universo cabe en una pantalla de tubo. Gracias Akira.

“Mi vida con Dragon Ball: Un viaje friki a través del tiempo” 

Bienvenidos a mi historia.

Me llamo Vicente. Nací el 23 de abril de 1979 en Alicante, en un barrio llamado Altozano Pero esta historia no empieza realmente ahí… empieza en febrero de 1990, cuando tenía 11 años.

Fue entonces cuando descubrí unos dibujos en el canal de televisión  TV3 de Cataluña llamados Bola de Drac (Dragon Ball). Desde el primer capítulo supe que aquello era diferente. Me enganché al instante. Cada tarde, al llegar del colegio, encendía la televisión con una ilusión difícil de explicar. Era mi momento. Mi aventura diaria.

Goku y sus amigos se convirtieron en parte de mi rutina, casi de mi familia. Vivía cada combate, cada entrenamiento y cada torneo como si yo mismo estuviera allí.

Hasta que un día, sin previo aviso, dejaron de emitir la serie.

La historia se quedó suspendida en el final del 23.º Torneo de Artes Marciales, justo en la batalla definitiva entre Goku y Piccolo. Recuerdo la frustración. Tenía 11 años y no entendía nada. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no seguían emitiendo más capítulos? ¿Cómo podían dejar la historia a medias?   Ahora ya lo sé, pero eso será más adelante.

A los meses retomaron la emisión y pude disfrutar de la continuación de la historia. Al siguiente año, en 1991, la serie ya era un bombazo e igual que yo, ya había muchos niños enganchados a Dragon Ball. En 1992 la editorial española "Planeta de Agostini", empezó a publicar semanalmente el manga de la serie.

El tomo N.º 12 del manga original en japonés fue mi primer manga que me compre.

NORMA COMICS ALICANTE AÑOS 90

También estaba la librería Ateneo Comics, que solía frecuentar casi con la misma devoción. Me pasaba horas y horas yendo de una a otra, recorriendo aquellas calles como si fueran territorio sagrado. Para mí no era solo caminar: era elegir bando, cruzar fronteras invisibles, vivir pequeñas aventuras.

Recuerdo una anécdota muy clara de aquella época. Ateneo trajo las primeras películas de Dragon Ball Z en formato VHS, el formato de entonces. Eran copias grabadas de las originales en japonés, sin subtítulos ni nada, y aun así nos parecían auténticos tesoros.

Se lo comenté a Juan, de Norma Comics, y me dijo sin dudar:—Cómpramelas.

Fui a Ateneo a por ellas, pero el dueño debió de intuir algo. Me siguió hasta pocos metros de Norma Comics y me recriminó que las estaba comprando para Juan. Me devolvió el dinero y se llevó las películas. Recuerdo la escena como si fuera ayer, casi de película.

Al poco tiempo conseguimos hacernos con ellas igualmente e hicimos nuestras propias copias. La rivalidad entre los dueños de las dos tiendas era evidente… casi mítica. Una rivalidad saiyajin, digna de un combate eterno bajo cielos llenos de rayos y gritos interminables. Ahora que lo pienso, eran copias y no era precisamente legal, pero bueno… eran los años 90, otra época, otras normas no escritas.

Con el paso del tiempo las cosas cambiaron, pero la esencia sigue ahí. Hoy en día las dos tiendas continúan frente a frente en la calle Serrano, 15, en Alicante, como si el destino hubiera querido congelar aquella rivalidad en el tiempo. La antigua tienda de Norma Comics se trasladó justo enfrente de Ateneo Comics y adoptó un nuevo nombre: Comix City.

Juan dejó el negocio en manos de su hijo, asegurando el relevo generacional, y con los años la calle fue atrayendo más vida friki: abrieron dos tiendas más, convirtiendo ese pequeño tramo en un santuario para los amantes del manga, los cómics y el anime.

Quién nos iba a decir que aquella calle acabaría siendo nuestro pequeño Akihabara alicantino.

A veces pienso que no eran solo tiendas. Eran puntos de encuentro, refugios, lugares donde descubrimos que no estábamos solos en nuestras rarezas. Y quizá aquella rivalidad saiyajin no fue más que el motor que mantuvo viva la llama durante todos estos años.

Recuerdo con mucha nostalgia las revistas que salían por aquella época, como Neko y Kame. Para muchos de nosotros eran casi un pequeño tesoro. Cada vez que aparecía un número nuevo en el quiosco, era imposible no sentir emoción al comprarla y empezar a pasar sus páginas.

En esas revistas siempre encontrábamos noticias, curiosidades y avances sobre Dragon Ball. Muchas veces, al final de la revista, aparecían secciones dedicadas a comentar lo que estaba pasando en la serie, los nuevos personajes o las próximas sagas. Era una forma de seguir conectado con el mundo de Goku, Vegeta, Gohan y los demás, sobre todo en una época en la que todavía no teníamos internet para buscar información fácilmente.

También guardo un recuerdo muy especial de los álbumes de cromos de Panini de Dragon Ball. Comprar los sobres, abrirlos con ilusión y descubrir qué cromos habían salido era casi un pequeño ritual. Siempre había algunos que se repetían una y otra vez, mientras que otros parecían imposibles de conseguir.

En el colegio o en el parque era muy común ver a los amigos intercambiando cromos: “¿Tienes este? ¿Me cambias el que me falta?”. Poco a poco íbamos completando las páginas del álbum con escenas de la serie, combates épicos y cromos brillantes que eran los más difíciles de encontrar.

Eran momentos sencillos, pero muy especiales. Aquellas revistas y aquellos álbumes de cromos formaban parte de una época en la que vivir Dragon Ball era algo que compartíamos con amigos, esperando el próximo episodio en la televisión o el siguiente número de la revista que llegaría al quiosco.

Continuara...

Por suerte estaba la librería Norma Comics en pleno centro de Alicante, en la calle Médico Pascual Pérez, 36. Quedaba a unos 2,1 kilómetros de casa, pero aquella distancia nunca me pesó: era casi un ritual, mi pequeña peregrinación durante muchos años. Recorría el camino con ilusión, sabiendo que al final me esperaba ese refugio lleno de historias y mundos por descubrir.

Algunos fines de semana incluso ayudaba a Juan, el dueño. Recuerdo que un día sorprendí a unos chavales robando, y debió de ver en mí cierto instinto para esas cosas. Quizá era porque yo también tenía mi punto rebelde, jajaja.

Cada tomo costaba 1.200 pesetas, una fortuna para un niño. Tenía que ahorrar durante semanas contando las monedas una y otra vez, soñando con el momento de volver a cruzar la puerta y salir con un nuevo tesoro bajo el brazo.